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#Concursolesbiville Lucía es una chica San Miguel…

Lucía es una chica San Miguel, donde va triunfa. Rubia, con los ojos verdes, una 95 de pecho, un metro setenta, con un culo, y una seguridad… Un pibón en toda regla, el pibón más sexy del que he quedado prendada y que durante los últimos siete meses he estado besando el suelo que pisaba. No se qué sucedió para que ella pasara de no verme a ser mi chica, la adoraba con delirio y con devoción y ella a cambio, me ignoraba y jugaba conmigo, siempre me decía que iba a llegar, y no llegaba o en el mejor de los casos llegaba acompañada de otra chica. Siempre que me necesitaba yo estaba allí, con el coche, de compras… le di las llaves de mi piso para que viniera a visitarme siempre que quisiera.

Yo sabía que Lucía amaba a las mujeres y que las mujeres la amaban a ella, pero mi ingenuidad se quedó obsoleta al pensar que vería en mí lo que no encontraba en todas aquellas chicas. Lo nuestro era una relación… como decirlo, abierta… yo con ella y ella con todas…; se que era una imbécil, pero Lucía es esa mujer que cuando está contigo sientes que eres el centro de su vida y el mundo se paraliza, te hace sentir la magia y las mariposas de ser la única, además de los increíbles y magníficos orgasmos…que cada día, se superaba a sí misma. Lo sé, era por tanta práctica, pero había decidido tenerla de aquella manera y que supiera que existía a que desapareciera de su vista, y lo peor aún, de su vida…

Sabía que las mujeres para Lucía eran una debilidad y para mi eran una quimera que me mataba poco a poco, comprendía que ella necesitaba más y más pero ansiaba que lo encontrara en mi, y sentía que lo conseguía cada vez que estaba conmigo. Sabía lo que querías y te lo daba mejorado y perfeccionado. Era capaz de dominarte con la mirada, unos ojos verdes, inmensos, profundos y seductores te creaban la adicción y el deseo. Clavaba su mirada en ti, como si fueras su objetivo, con paso firme hasta ponerse frente a ti, rodeando tu cuerpo con su mano, acercándolo al suyo por la cintura, sin poder apartar la vista de sus ojos o de sus labios tan seductores. Sentías el calor dentro de ti, y como su cuerpo irradiaba fuego, y su pecho pegado al tuyo, tan pegadas que solo deseabas que te tocara y te corrieras… siempre supo crear el deseo sin necesidad de llegar a rozar tu sexo, tenía tal habilidad con los preliminares que cuando se centraba en tu clítoris, gemías de placer sin poder evitarlo. Sentir aquella mujer pegada a ti, como su boca se acercaba a tu cuello y con solo su aliento tu cuerpo se estremecía, con un simple beso ya te tenía. La última vez que me tuvo así entre sus brazos, apoyada sobre la mesa, recorrió con una caricia desde la parte posterior de mi oreja, lentamente con la delicadeza de quien teme romper el cristal, deslizando el anverso de sus dedos por mi cuello, (no pude evitar cerrar los ojos y evadirme de todo y solo sentirla a ella).

Desabrochó los botones de la blusa sin apenas darme cuenta, recorrió con su mano mi vertical, sentía como mis pechos crecían por momentos y deseaban ser acariciados pero pasó delicadamente, como si su mano fuera una pluma, por medio de ellos; y muy suavemente siguió su recorrido y provocó mi deseo jugueteando en mi vientre. Sus labios se pegaron a mi cuello, y con la humedad de su lengua sobre mi piel sentí como un torrente de deseo nacía bajo mi falda. Se deslizaba lentamente sobre mi pecho, lamiendo cada cm de mi piel y perfilando cada curva de mis pechos con su lengua, su apetito era mayor cuanto más se acercaba a mis pezones erizados; con sus dientes mordisqueaba mis botones y con sus manos agarraba mis senos, los lamía y besaba como si fruta de dioses se tratara. Su deseo y su apetito se alimentaban a cada instante, ella no podía separar sus labios ni sus manos de mi piel y yo deseaba que no parara de comer. Sujetándome por la cintura y aprisionándome sobre el borde de la mesa seguía deslizándose por mi cuerpo hacia abajo, jugueteando con mi ombligo hasta que se puso de rodillas en el suelo.

Besando mi vientre, sus manos seguían el recorrido y deslizando sus dedos hacia abajo, empujaba mi ropa con ellos, solo sus besos en mi vientre, mi tanga totalmente húmedo y sus manos de vuelta, era lo único que sentía.

Su mano abierta, deslizándose por el interior de mi pierna hacia arriba, era el motivo de que mi respiración se acelerara, su dedicación era plena, en todas partes, el deseo aumentaba por segundos… su lengua, sus manos, sus besos, sus caricias… Mis rodillas flaqueaban cuando sentí como su índice indicaba el camino al resto de sus compañeros muslo arriba, agarrando con cada mano cada uno de mis muslos, su cabeza se deslizaba cuerpo abajo, solo con besos, solo sentías sus labios un par de segundos y se bajaba un poco más. Siguió poco a poco bajando mientras mi deseo y mi humedad crecía de forma inconmensurable. Su último beso fue justo encima de mi clítoris, creía derretirme en ese mismo instante pero era Lucía… entreabrió ligeramente su boca y una bocanada de aire recorrió todo mi sexo y aumentó el flujo que yacía dentro. Jugaba con el aire, con la distancia entre sus labios deseosos de beber y mis labios…necesitados de su sed. Sus labios se pegaron a mi clítoris como si quisiera mantener una conversación, dejó escapar un suspiro mientras mi cuerpo se relajaba para simplemente sacar su lengua y con un solo movimiento lamer mi sexo al completo.

Yo era aquella fuente que deseaba apagar su sed, y su sed quería ser apagada en mí ser. Sus manos agarraban con firmeza mis piernas, mis manos me ayudaban a no caerme encima de la mesa, el calor me recorría por completo, sus manos apretaban mis muslos y se deslizaban por el interior acrecentando más el deseo y deshaciéndose del último obstáculo que le impedía saciar su sed. Comenzó a besarme como si estuviera besándome en la boca por primera vez, se acercó lentamente para que deseara más su beso. Juntó sus labios a los míos, y sintió el calor y la humedad que estos desprendían; jugando con la punta de su lengua en la comisura de mis labios, rozando mi clítoris y endureciéndolo un poco más […] con sus manos separó un poco más mis muslos y su cuerpo se posicionó un poco más debajo de mi; cuando sentí sus dedos como se adentraban de mi no pude evitar gemir una y otra vez al sentir cada vez más adentro y rozando mi punto G… y sus labios recorriendo mi sexo y lamiendo mi clítoris chupeteándolo y sintiendo como ese bultito se ponía duro al igual que todos mis músculos, y como jugando con ese pequeño botón con su lengua sentí una explosión de placer dentro de mí y como sus dedos se centraban en estimularme por dentro… y cuando el orgasmo llegó a mí, se retiro de mi interior y decida a apagar su sed comenzó a beber, y hasta que recibí la segunda descarga de placer, no paró de lamer.

[…]

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#Concursolesbiville Para Lucía

Caminaba de un lado al otro del salón sin dejar de mirar la carta que había sobre la mesita del café. Me había encendido un cigarrillo pero ya estaba a punto de consumirse del todo.

Habían dejado aquel sobre manuscrito en el buzón de mi casa.

La letra era redonda y pequeña y decía: “Para Lucía”.

Apagué lo poco que quedaba del cigarrillo que llevaba en la mano y me senté en el sofá, frente al sobre.

Lo miré desde arriba y en paralelo. Finalmente lo cogí con mis dedos. Lo tenía entre las manos.

“Para Lucía”, decía.

Prácticamente acababa de mudarme a esta ciudad. Tenía 26 años y me había visto obligada a dejar mi pueblo, mi entorno, mi vida y mudarme aquí.

Tuve que huir de donde vivía porque una mujer desequilibrada había estado acosándome seriamente.

Me escribía cartas a mi casa, me llamaba por teléfono a todas horas, me mandaba mensajes de texto. Cambié de número hasta dos veces, pero siempre lo volvía a conseguir. La policía no pudo hacer nada porque no hubo amenazas escritas o físicas nunca. Yo la veía aparcada bajo mi ventana algunas noches. Me miraba desde el interior del coche cuando me asomaba por el cristal. Yo le sostenía la mirada pero siempre ganaba ella. Me lanzaba besos con la mano y me guiñaba el ojo. En sus cartas decía que algún día estaríamos juntas y que tenía la certeza de que yo le amaba tanto como ella me amaba a mí.

Comencé a verla con más frecuencia cada vez. Ya no sólo aparcaba debajo de mi ventana. Ahora la veía en la cola del cine al que yo iba, comiendo en los restaurantes que yo frecuentaba, incluso en la consulta de mi ginecólogo, en la sala de espera.

Yo se lo decía a la gente pero nadie le daba importancia. Muchos pensaban que me lo estaba inventando. Siempre fui una niña con una gran fantasía y eso me restó credibilidad para el resto de mi vida.

Sin el apoyo de nadie y cada vez más aterrada decidí cambiar de vida y empezar de nuevo. Sería duro, pero por lo menos me libraría de aquella desquiciante mujer.

Desde que me he había mudado no había vuelto a verla. Ya nadie me acosaba.

Al principio viví de forma muy contenida. No quería llamar la atención, estaba continuamente alerta.

Pero habían pasado algunos días y al ver que todo iba muy bien, me había relajado.

Había empezado a salir más. A comprar el pan y el periódico todos los días. Había estado repartiendo currículos por la zona y me habían llamado de un establecimiento para hacer una entrevista.

La vida empezaba a sonreírme y ahora esto.

Una carta en mi buzón, dentro de un maldito sobre manuscrito que decía: “Para Lucía”.

Lo abrí lentamente y extraje el folio doblado en tres partes que contenía.

Lo extendí y pude leer como alguien había escrito en la hoja en blanco con un bolígrafo negro:

“Lucía. Eres preciosa. Nunca he conocido a nadie como tú. Quiero verte, besarte, tocarte, hacerte el amor… Te quiero.”

Pegué un grito de horror y dejé caer el folio al suelo. Comencé a llorar.

“No puedo creérmelo. Me ha vuelto a encontrar. No puedo creérmelo”.

Me levanté del sofá y me fui a la cocina.

Cogí una copa vacía y la llené de vino. La apuré de un trago.

Por la noche intenté ver algo en la TV, pero no me concentraba. No sabía qué hacer.

¿Debía mudarme de nuevo?

Me acabé mi tercera copa de vino y me lié un cigarrillo con marihuana. Lo encendí. Estaba buenísimo. Tras tres caladas decidí que estaba harta de la situación.

Me senté delante de mi ordenador de sobremesa y lo encendí. Mientras el sistema operativo hacía lo suyo yo seguía fumando.

Tenía su dirección de correo electrónico. La policía dijo que era imposible de rastrear. Siempre estuve convencida de que era una forma de decir, no nos da la gana trabajar.

Abrí  la página del proveedor de correo electrónico y empecé a teclear.

“Estoy realmente harta de ti. Nunca le había deseado la muerte a nadie. Pero puedo asegurarte que a ti te la deseo. Te he pedido mil veces que dejes de acosarme. Pero sabes de sobra que no lo has hecho y sabes de sobra también que nadie me va a ayudar  a luchar contra ti.

He decidido que esto tiene que acabar. Deduzco que ya sabes donde vivo porque me has dejado una puta carta en mi buzón. Quiero que vengas inmediatamente a mi casa y solucionemos esto de una maldita vez.

Tienes una hora.”

En el asunto del correo puse: “ULTIMÁTUM”, y le di al botón de “Enviar”.

Volví al sofá y me serví otro vaso de vino. Le di un trago y me recosté. Había bebido y fumado mucho. Cerré los ojos, y me quedé dormida.

De repente sonó el timbre.

Me desperté asustadísima. Abrí los ojos con tanta fuerza que me dolían las comisuras de los párpados. Me levanté algo mareada y miré el reloj. Pensaba que era de día pero sólo habían pasado 25 minutos. Era ella.

Avancé por el pasillo despacio y llegué hasta la puerta. Me asomé por la mirilla y allí estaba. Esa mujer. Esa maldita mujer. Llevaba un ramo de flores.

Respiré profundamente y abrí la puerta.

Estaba de pie, frente a mí. Llevaba unos vaqueros ceñidos y unas botas. Una camiseta ancha de hombros y el pelo suelto. Llevaba seis rosas en la mano. Nunca la había tenido tan cerca.

Nos quedamos así un rato. Finalmente alargó el brazo y me ofreció las flores. Las cogí sin dejar de mirarla y me aparté para dejarle pasar.

Pasó por delante de mí y en cuanto cerré la puerta me empujó contra ella y empezó a besarme.

El tiempo se detuvo dentro de mi cabeza. Pensé diez reacciones distintas en un segundo. Quería empujarle, partirle la cara, clavarle un cuchillo. Pero allí estaba, siguiéndole el beso. Cuando me di cuenta que no podía dejar de besarla ya estábamos en la puerta de mi habitación.

Me empujó sobre mi cama y se puso encima de mí. Me besaba todo el tiempo dulcemente y su pelo me hacía cosquillas en el cuello. Con su mano palpó mis hombros, mis pechos, mi vientre.

Me estaba excitando como no me había excitado en mi vida.

“Tócame”, le dije al oído. “Tócame, por favor”.

Ella deslizó su mano por debajo de mis pantalones y mi ropa interior. Estaba empapada. Sé que estaba empapada y ardiendo. Sé que mi sexo estaba hinchado y caliente y que era muy agradable tocarme así.

Era algo increíble cómo me estaba tocando esa mujer. Me tocaba mejor que yo misma, me pasaba la lengua por la boca. Yo jadeaba, apretaba los puños, iba a correrme.

Todos los músculos de mi cuerpo se rompieron. Mi coño se abrió hasta partirme en dos mitades. Noté como una ola gigante nacía en mis ingles y se rompía en mis sienes. Dejé de existir por un momento.

Me había corrido tanto que no pude ni mirarla.

Me di la vuelta y me volví a dormir.

A la mañana siguiente abrí los ojos. Recordé todo y rápidamente me giré sobre mí misma.

La cama estaba vacía. Sólo estaba yo.

Me levanté despeinada, con los pantalones desabrochados. La camiseta descolocada. Entré en el baño y me miré en el espejo. Salí de allí y recorrí la casa. El salón con la copa de vino a medias y el cenicero lleno de restos de cigarrillos y porros. No había nadie en la casa. Estaba sola. Se había ido.

Me senté en el sofá y me di cuenta de que había un sobre en la mesa.

Decía: “Para Lucía”.

Lo cogí rápidamente y lo abrí desesperada.

Había escrito:

“Dormir contigo ha sido un sueño.

Pensaba que lo sabía todo de ti, pero no sabía que eras sonámbula.

Volveremos a vernos.”

No entendía nada de aquella locura.

¿Sonámbula?

Fui a la cocina y me hice un café para aclarar la mente. Eran las 10 de la mañana. La entrevista de trabajo era ese mismo día por la tarde. Pero no recordaba la hora.

Me habían mandado un email con la hora y el día de la entrevista. Así que me senté en mi ordenador, y lo encendí. Le di otro trago al café.

Abrí el navegador y tecleé la dirección de la página del servidor de correo electrónico.

Al no encontrar el email de la empresa con la que había quedado, miré a la parte superior derecha de la web y vi que estaba dentro de la bandeja de entrada de mi correo ordinario.

Yo no ponía esa dirección en los currículos. Ponía otra que había creado, más seria, para relaciones profesionales.

Volví atrás. Cambié el nombre de usuario y la contraseña. Apreté donde decía “Entrar”.

Tenía un mensaje nuevo en mi bandeja de entrada. Yo no lo había visto nunca, pero estaba marcado como leído.

Me fijé bien y la taza de café se me cayó al suelo.

El asunto decía: “ULTIMÁTUM”.